viernes, 1 de abril de 2011

Danzas tribales en Malaga

Colaboración externa:
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Últimamente me pasa una cosa muy rara.

Salgo por ahí a bailar salsa, o me apunto a nuevas clases, pero me encuentro con un montón de salvajes que se empeñan en enseñarme danzas tribales.

Que no es que tenga nada contra las tribus y sus bailes. Pero es que yo quiero bailar salsa. Es como ir al MacpatoDonal, pedir un Macpollo y que te traigan un Chicken Tendercrisp del  Rey Burguer…

“Tienes que aprender, porque si no, nunca sabrás bailar” - me dicen. O “es importante para la expresión corporal: la expresión corporal es buena”. O “tú tienes que exhibirte: yo te suelto para que tú te exhibas, venga exhíbete”.

“Hakuna Matata”, vamos.

Pues hakuna matata lo será vuestra santa madre.

Que no quiero aprender danzas tribales, ¿cómo queréis que os lo explique?.

“Pasos libres”,” pasos sueltos”, lo llaman por ahí. Pero son eufemismos, porque como diría un amigo profesor muy borde que conozco, eso es una mierda. Llamadlo como queráis, pero es una mierda de las gordas.

Siempre he creído y sentido que una de las cosas que hace que la salsa sea hermosísima es ese abrazo que te une a tu pareja, ese ir y venir de manos, esas continuas pedidas, las órdenes que el hombre va marcando por medio del contacto sobre la piel y desde la piel… Si en algún momento puntual mi pareja me suelta, para lanzarme para un giro, espero que, lo antes posible, esté ahí para recogerme y controlar la fuerza de mi giro. Mi pareja baila conmigo, siente conmigo, juega conmigo, cuenta conmigo y siempre está ahí para guiarme y protegerme.  Lo que quiero es sentir la tensión, la dirección, las órdenes, las paradas, los engaños, los juegos, los giros, tu ritmo, aunque no seas capaz de seguirlo… Pero necesito saber en todo momento que estás ahí y que dependo de ti.

Cuando estoy bailando con compañeros y de pronto me sueltan y se quedan frente a mí haciendo algo parecido a intentar pisar a una cucaracha loca que siempre se les escapa, me siento desvalida, abandonada, triste. No puedo evitar pararme y mirar sus pies, y rezar para que la cucaracha loca -que ya no puede caminar porque le faltan, porque le faltan las dos patitas de atrás- caiga de una vez y ponga fin a semejante ridículo.

“Pero muévete” -me dicen. Y yo “no, no puedo” -al borde del llanto.

La culpa la tienen los profesores, como siempre. Es como los informáticos o como el mayordomo: siempre tienen la culpa de todo.

No entiendo por qué enseñáis eso, vosotros que supuestamente  sabéis lo que es la salsa. ¿Os habéis parado a verlo? Es lo más horrible que podéis enseñar. A lo mejor es para pasar el rato, comeros parte de la clase y estafar a vuestros alumnos, que os pagan para aprender salsa y vosotros les enseñáis danzas tribales.

Pero claro, como diría mi abuela, es sólo un poner.
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